Aguacero

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De niño, durante las noches de tormenta, permanecía metido en la cama con la cobija de pies a cabeza. Creía que los muertos deambulaban bajo la lluvia. A veces me asomaba por la ventana y, precisamente, allí estaban con su mirada trémula, atormentados por el estruendo de la tormenta.

Una noche creí ver a mi padre muerto, bajo la lluvia fría y estruendosa. Sollocé de consternación, pues mi padre aún vivía. A la mañana siguiente, mientras la lluvia trataba de borrar todo rastro de los muertos en el patio, encontré a mi padre sentado cerca de la estufa de leña, estaba hablando con mi madre. Lo miré desde la entrada de la cocina, le dí un buenos días desde lejos. Me senté a contemplar la lluvia, volviendo la mirada de vez en cuando hacia la cocina para ver a mi padre, pues sentía que el muerto me seguía viendo entre la niebla, con su mirada desolada.

Desde entonces, en una noche de tormenta nunca más volví a mirar por la ventana, porque no se me borraba del recuerdo la imagen sombría del muerto, bajo el aguacero, mirándome en la oscuridad.