América, no puedo escribir tu nombre sin morirme

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América,
no puedo escribir tu nombre sin morirme.
Aunque aprendí de niño,
no me salen derechos los renglones;
a cada sílaba tropiezo con cadáveres,
detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo,
y no puedo ni cerrar la a
porque alguien grita como si se quedara dentro.

Vengo del Odio,
vengo del salto mortal de los balazos;
está mi corazón sudando pumas:
sólo oigo el zumbido de la pena.

Yo atravesé negras gargantas,
crucé calles de pobreza,
América, te conozco,
yo mismo tendí la cama
donde expiró mi vida vacía.

Yo tenía dieciocho años
yo vivía
en un pueblo pequeño,
oyendo el diálogo de musgo de las tardes,
pero pasó mi patria cojeando,
los ahogados empezaron a pedir más agua,
salían de mi boca escarabajos.
Sordo, oscuro, batracio, desterrado,
¡era yo quien humeaba en las cocinas!

¡Amargas tierras,
patrias de ceniza,
no me entra el corazón en traje de paloma!
¡Cuando veo la cara de este pueblo
hasta la vida me queda grande!

¡Pobre América!
En vano los poetas
deshojan ruiseñores.
No verán tu rostro mientras no se atrevan
a llamarte por tu nombre, ¡América mendiga,
América de los encarcelados,
América de los perseguidos,
América de los parientes pobres!
¡Nadie te verá si no deshacen
este nudo que tengo en la garganta!


Las imprecaciones (1955)


Manuel Scorza (1928-1983), poeta peruano de la llamada Generación del 50, entre el compromiso social y la imaginería parasurreal, se dio a conocer en el ámbito internacional con la primera entrega (Redoble por Rancas, 1970) de una pentalogía (La Guerra Silenciosa, 1970-1979). A lo largo de sus páginas, integradas por Historia de Garabombo el InvisibleEl Jinete InsomneCantar de Agapito Robles y La Tumba del Relámpago, Scorza denuncia las injusticias contra las comunidades indígenas de los Andes, perpetradas por un gobierno alejado de la sierra y unas empresas transnacionales sin escrúpulos.