4:36

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Me pasé parte de la noche entre un sueño sin explicaciones ni forma. En ese grado de somnolencia inevitable, donde sin moverme de mi cama me transporté a lugares incógnitos y parajes extraños, me di cuenta de la realidad cambiante que me acechaba en el sueño. Entre esa mezcla de lucidez y fantasía me veía a mi mismo en lugares vividos, arrancados de algún recuerdo que apenas arañaba el olvido. Allí la vida transcurría en un tiempo que iba directo a la disolución y la memoria tenía prohibida almacenar información alguna, extinguiendo toda posibilidad de recordar el sueño al despertar.

En ese estado natural del sueño, los emociones eran como pergaminos indescifrables del tiempo. En esa vida ajena, lejana, distinta todo transcurría con la misma prisa de siempre, pero el sentido de las cosas se iba perdiendo en el olvido tan pronto que no daba lugar al recuerdo. La sola idea de no poder recordar nada y que todo lo vivido esté condenado al olvido me pareció tan absurdo que hice un esfuerzo enorme por despertar, pero no lo conseguí. Me detenía la duda de saber que pasaba después cuando el escenario del sueño cambiara.

Al despertar, en mi celular daban las 4:36 de la mañana, creí que tal vez esos números eran un código indescifrable de un futuro incierto. Permanecí inmóvil por una voluntad ajena a mis decisiones, pensando en que tal vez la muerte era eso, un sueño que jamás podríamos explicar. No se porque se me vino a la memoria ese hecho fatídico del que no queremos hablar y que esta asociado al fatalismo. Cuando me di cuenta estaba boca arriba con las manos entrecruzadas en el pecho simulando un hombre muerto dentro de un ataúd. No hice nada por estirar mis brazos ni la miraba perdida en algún agujero del techo por donde se filtraba la noche oscura del sueño.

Alumbrado por la penumbra y tratando de reconocer los objetos entre la oscuridad de la madrugada, he pensado en la vida que no recuerdo. He pensado en mi padre. Una vez más ha vuelto a mi memoria y no he podido apartar su imagen del camino. He tratado de encontrarme con él en ese lapso de tiempo del que no me queda memoria. Mi padre fue la imagen del héroe que se fue difuminando con el tiempo. A veces cuestiono su dedicación en mi formación y creo que me he criado guiado por su carácter autoritario que no daba tregua más que para el miedo.

Vuelvo en sí y entiendo porque al hablar de la muerte recuerdo a mi padre, y es que él es único muerto más cercano que he tenido hasta ahora. Y considero que así como los vivos nos olvidamos de nuestros muertos, los muertos también se olvidan de nosotros, porque dejan de hurgar en la memoria de los vivos como nosotros tampoco queremos hurgar en la memoria de los muertos.

Llevo varios días pensando en el sueño, tratando de explicar esa particularidad con que sucedían las cosas que no recuerdo, pero a pesar del olvido y del esfuerzo por recordar no se me ha quitado esa sensación que tenía en ese momento, una sensación grabada en el subconsciente como si las cosas en realidad hubieses sucedido en una vida distinta: El apremio de un presagio fatalista asociado con mi propia muerte. No es que le tenga tanto miedo a morir sino a morirme antes del tiempo previsto.