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Que culpa tienen las rosas

[Nunca llevaba rosas, por eso creían que no extrañaba a nadie]

Dicen que el amor es un sentimiento que hace cambiar a las personas, pues empiezo a dar fe de ello. En mis relaciones amorosas confinadas al fracaso, debido a mi predisposición a un final con fecha definida, el echar de menos era mas una excusa barata para un reencuentro donde tenía siempre claras mis intenciones que aun sentir propio de extrañar a alguien. Extrañar, era el verbo que usaba casi siempre con la intención de explicar mis emociones que en algunos casos eran complejas de entender. La cuestión que rondaba las llamadas telefónicas era una crítica áspera sobre si yo era un ser capaz de extrañar a alguien, y siempre me quedaba sin respuesta. El problema no era echar de menos, era admitirlo.

Cuando inicié mi primer noviazgo tenía diecisiete años. A esa edad, empezaba a acentuarse mi manía de guardarme las cosas, fue en ese entonces que conseguí el hábito de escribir las primeras cartas de amor que fueron confinadas al olvido de una relación que llegó a su fin antes de lo previsto. La primera noche que nos vimos fue entrañable y a pesar del poco tiempo que tuve cerca de ella, amar se volvió una necesidad urgente. En esos años se dieron las primeras expresiones de un te extraño que apenas lograba pronunciar y que no lograba entender.

No llevaba rosas a las citas, eso denotaba una falta de interés por los detalles. Uno, no había donde comprar las flores y es probable que de arrancarlas del jardín de mi madre, dada la única planta de rosas que teníamos en el jardín, se iba a dar cuenta apenas amaneciera. Y dos, no me cabía el solo hecho de verme ridiculizado por lo nada habitual en ese entonces de ver a alguien portando un ramo de flores en la mano para su novia, menos si tratábamos de que nadie se enterara dada la diferencia de edad y de estatura entre ella y yo.

Algunos años después, en medio de una ciudad a la nunca había ido y a la tampoco he regresado, me vi a media calle con un ramo de rosas en la mano y el desayuno en la otra rogando que haya acertado en sus gustos por el café y el pan con chicharrón que sin duda a mi me gustaban. De camino pensada que de no gustarle me daría el banquete completo con doble desayuno. Esa mañana descubrí que la gente llevaba rosas para fechas especiales como un cumpleaños, aniversarios, funerales y cuando trataba de reparar algo, en mi caso era lo último.

Mis intenciones por ocultar ciertos detalles, que resultaron hirientes y determinantes para que el adiós me escupiera a la cara los te quiero que dolían más que una bofetada, me hicieron llegar a la conclusión que las rosas eran detalles que se debía dar a tiempo, no en un funeral no tenía mucho sentido ese detalle porque probablemente en vida nunca le dimos siquiera una rosa, tampoco para pedir perdón porque las flores no tenían la culpa de ello.

Desde entonces me rehusé a tomar un café con ella, eliminando toda probabilidad por reescribir una historia donde la tinta no alcanzó para tres puntos seguidos sino para uno: el punto final.

Hace algunos días, en una noche fría, tuve que acompañar a mi novia —ahora ex novia—, al terminal de buses, pues tenía urgencia de viajar. No la detuve. En los pocos días que hablamos he entendido algunas cosas desde otra perspectiva, una de ellas es la familia. Ella, presurosa por llegar a tiempo y ver a su familia, tomó uno de los últimos buses que cargaban pasajeros de manera informal a media calle. De regreso a casa, me detuve en la pantalla del celular y me di cuenta que, aún me costaba admitir que, si, era capaz de extrañar a alguien, pero seguía sin admitirlo. Cada vez que me lo preguntaban recibían un rotundo “NO” como respuesta.

Mas que aprender a echar de menos, he aprendido a admitirlo, también a entender que llevarle rosas es hacerle saber que pensé un instante en ella.

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