Escritores - Poesía & Relato Géneros Jonhglenn Flores Relato

En otra vida

Al final del día, la vida termina siendo un recuerdo constante de lo vivido, una vida marcada por la memoria de un momento excepcional que llevamos tatuado en el alma. A veces, no es más que una secuencia de días que, de no ser porque tienen un nombre distinto, no hubiese diferenciado un lunes de un martes, aunque siempre lo consideraba la resaca del día domingo.

En mi vida, lo azaroso, lo providencial me pasó hace algunos meses, una historia que tuvo su final antes de darme cuenta que estaba jodido y que después de todo no iba a poder recuperarme. Una relación marcada por mi manera de ser, su forma de amarme y la búsqueda en las entrañas del alma la razón que nos faltaba para intentarlo una vez más.

Tenía diecisiete cuanto todo inició, ella una mujer dos años menor, pero me doblaba en estatura, su manera de sonreír se me había metido en el pellejo y se había incrustado como una espada en el corazón, mientra yo un adolescente inexperto e ingenuo que aún no probaba bocado de pasión alguna, impulsivo por naturaleza pero reservado con mis emociones, las cuales guardaba y exploraba en las primeras carta que escribí y las noches en que iba a buscarla como un adicto que no podía vivir sin sus besos.

Desde la primera vez, que cruzamos palabra, me quedé a vivir en su perfume que con un desenfreno, y desde siempre, me ha enloquecido hasta perder la razón y perpetuar mi tortura. Han pasado doce años desde esa noche y no me he sentido igual en ningún otro momento, con unas ganas de salir corriendo y quedarme al mismo tiempo a vivir en sus abrazos que han sido como la aspirina para mis dolores de cabeza.

Tuvieron que pasar diez años de mi vida, para sentarnos por vez primera a tomar un café en una noche que la hicimos tan nuestra como el primer besos que nos dimos. Pasó a las diez de la noche, en una ciudad a la que no había ido nunca, y a la que tan solo fui por volver a verla, aún cargando la misma sensación de la primera cita.

La noche en que me sorprendió la vida, al verla llegar dispuesta a quedarse conmigo, entendí que estaba condenado a extrañarla por siempre, porque no estábamos hechos para compartir la misma vida. Entendí que amarla sería mi condena eterna, que mi única alternativa era la de aprender a vivir con su recuerdo que me ha perseguido por todos los rincones de la habitación y aprendí que dejarla ir era necesario, aunque tardé un poco en aceptarlo.

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