En memoria de mí

Siempre me he preguntado si un día de mi vida escribiría una de estas líneas que en mi imaginación exhausta de fracasos he odiado. Lo he ocasionado irremediablemente, y diría lo mucho que me he arrepentido en cada minuto que ha pasado, pero sonaría a mentira que deja de tener sentido mientras más me la repito, ¿Qué razón tiene que tan bien o mal me pueda sentir mientras escribo?

A veces resulta difícil tomar el camino correcto. Me preocupa un detalle, quizá el infierno tiene norte y yo eligiendo el cielo por la majestuosidad propuesta por quienes creen en ello. Mi padre decía siempre “vive, porque vivas como vivas el final es el mismo, no serás inmortal si eres un santo, tampoco un demonio si cometes un pecado, de todas formas, te mueres y punto”

Mi padre hacía referencia a la eternidad de nuestros cuerpos, me preocupaba la eternidad del alma. En ocasiones decía:

— Soy un ángel perdido en algún infierno del cual la memoria del pecado se exime por el siguiente pecado cometido.

Las personas que lograron conocerme saben que no soy un santo, ni pretendo serlo, tampoco quiero. La forma que tome mi ausencia en el recuerdo de cada persona que conocí me preocupa tal vez, aunque no es de gran ayuda porque una vez que te mueres ya nada importa, no te dan el boleto de regreso por haber sido perfecto ni te vuelven a matar por ser un idiota. La muerte no es una competencia de buenos recuerdos con nadie solo vives y luego te mueres. No hay más.

***

Cuando inicie a escribir, mis sueños se volvieron una secuencias de recuerdos por lugares donde estuve antes. Cada noche me despertaba a las tres de la madrugada, inmóvil, con la mirada hacia la oscuridad de la noche, y me perdía en ese sueño inexplicable de la propia vida. Eran sueños no vividos pero el lugar se veía real, las personas que había conocido tenían vida propia en mis sueños. Hasta yo vivía de una forma ajena a la realidad al despertar.

— ¿Cómo puedo vivir en mis sueños como si nada pasara?, me cuestionada a veces, aun sabiendo que los sueños eran precisamente un reflejo de algún momento vivido.

Los sueños sucesivos con episodios marcados por momentos vividos en otros mundos me hacen pensar que la vida está próxima a auxiliarme de tanto pecado. De pronto me volví santo que el cielo aclamaba mi llegada. O me convertí en uno de esos ángeles que no precisamente son de los caídos pero que pertenecía al infierno.

A veces buscamos explicaciones lógicas donde el tiempo nos restriega la cara con preguntas sin respuestas o respuestas sin preguntas, unas más confusas que otras como un mensaje cifrado que nos damos cuenta días después de haber muerto.

Cuando mi padre mencionaba la muerte en una conversación se refería a lo inevitable. Para él, la muerte, era un evento del cual no debíamos preocuparse.

— El muerto no es chancho para que grite, decía cada vez que le hablaban de velorios familiares. A los que solo él asistía.

Mi madre refunfuñaba cada vez que lo escuchaba, pero no decía nada. Ella, guardaba silencio absoluto a medida que lo machacaba entre dientes hasta que sentía que el castigo era basto, porque el señor se su imaginación empezaba a acentuarse el dolor en su rostro, pero solo era eso. Mi madre, no tenía carácter para contradecirlo, la invadía una especie de miedo: Uno de esos miedos propinados por el machismo que enfrentaba desde niña y la sociedad indiferente que cree que es normal que suceda.

***

Tengo el carácter de mi padre, pero los gestos de mi madre. Me parezco a ella que a veces me quedo observando la única fotografía que tengo junto a su lado y hasta la forma de mi risa se parece a la suya. La diferencia radica en el corazón de ella. Un corazón capaz de soportarlo todo, de esperarlo todo, de dar incluso lo que no tiene por los demás. En ocasiones, intenta persuadir mi falta de fe y hace hincapié a la esperanza que tiene de un día verme cruzar la puerta de la iglesia de aquella religión que profesa. No se qué tan lejano pueda estar. O quizá nunca suceda.

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