Cita en el café

I

Mientras leía el prólogo de un libro, que estaba seguro no compraría, esperaba impaciente a que  llegara. De vez en cuando miraba con disimulo hacia la puerta. Algunas personas recorrían el recinto en busca de un ejemplar, digno de sus buenos gustos. En la otra esquina, una pareja de jóvenes se ponían de acuerdo en comprar el libro o ver la película. Uno de ellos decía, que el costo de ir al cine era menor, y que los libros no saben a canchita. Sonreí con ironía.

En el momento que iba a sugerirles que compraran el ejemplar, por la serie de momentos que resucitaran al hablar de la novela, sonó mi teléfono. Era ella y no podía hacerla esperar. Además, su decisión de ir al cine o comprar el libro, no era mi asunto.

Volví el libro a su lugar, tomé la escalera y a pesar de la prisa por verla conté cada uno de los escalones — cincuenta y siete en total y cada uno contaba una historia distinta— luego entré al café, solo vi una silla y me dispuse a sentarme cuando llegó. Traía consigo la divinidad reflejo de su alma y su forma pintoresca de ver la vida.

Fuimos por un café, y nos quedamos hablando de una vida que nunca compartimos, de la que no fuimos cómplices, tan solo extraños, ajenos a nuestra existencia.

Días después, mientras trataba de revivir ese momento, haciendo el mismo recorrido, la recordé de la única forma que no se me olvidaría nunca, la forma en como sonreía. Pensé en describir ese instante, por si un día el olvido quiera arrancarme los recuerdos. No lo conseguí. Dos horas después me di cuenta que la hoja en blanco, a la cual le tenía tanto miedo, seguía igual. Era su retrato el que no podía plasmar. Me pasé el tiempo con la mirada perdida en ella, en su sonrisa que dejaba escapar de repente.

Era la primera vez, que nos sentábamos a tomar un café, a hablar con la libertad que, ambos, nos permitimos. Era la primera vez, que la tenía a centímetros de mí; que me sentí parte de ella, como si una burbuja imaginaria nos envolviera. Y sin darnos cuenta nos gastamos el tiempo, mientras nos bebíamos la vida a sorbos.

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